Durante 15 años, el día a día de Carla transcurrió entre tizas, plumones, pizarras y la mirada de cientos de estudiantes. En esas aulas observó una realidad difícil de ignorar: niños llenos de energía y curiosidad intentando adaptarse a jornadas extensas, rutinas rígidas y horarios que muchas veces no respetaban sus ritmos naturales de desarrollo.
También vio talentos deportivos, artísticos y creativos apagarse por falta de flexibilidad, y estudiantes perder el interés por aprender no por falta de capacidad, sino porque la experiencia escolar había dejado de motivarlos y hacerles sentido.
A ello se sumaba una preocupación mayor: un sistema que no siempre logra proteger frente a la violencia escolar, que no siempre consigue vincular a los estudiantes con su aprendizaje y que muchas veces los deja egresar sin herramientas suficientes para enfrentar la vida real. En medio de todo, docentes con vocación intentaban contener y acompañar, muchas veces desgastados por una estructura rígida y burocrática.